Contexto histórico del Pronunciamiento del General Riego en Las Cabezas de San Juan.
El contexto histórico en el que situamos la Pronunciación del general Riego se encuentra en la crisis del Antiguo Régimen (1788-1833) donde existía una lucha entre liberalismo y absolutismo.

Ante la incapacidad de dirigir la guerra con Napoleón, la Junta Suprema Central se disolvió en 1810 y se convocaron Cortes que desembocaron en la creación de la Constitución de 1812 en Cádiz. Además, las Cortes desarrollaron una importante legislación ordinaria encaminada a terminar con el Antiguo Régimen y crear un nuevo Estado liberal. Sin embargo la obra legislativa de Cádiz casi no tuvo aplicación práctica, debido por una parte a la situación de guerra en la que surgió y por otra debido a la vuelta al absolutismo monárquico de Fernando VII una vez terminada la guerra.
A su retorno a España, Fernando VII desobedeció las instrucciones de las Cortes de volver directamente a Madrid para jurar la Constitución y validar el nuevo orden político. Tras el Manifiesto de los Persas, Fernando VII firmó el Decreto de 4 de mayo de 1814, a través del cual anulaba la Constitución y toda la labor legislativa de las Cortes de Cádiz y anunciaba la vuelta al Antiguo Régimen.
Muchos militares, entre ellos antiguos héroes de la Guerra de la Independencia, optaron por las posturas liberales y, para hacer frente a la represión, se integraron en sociedades secretas de ideología liberal como la masonería. Los 6 años de la primera restauración estuvieron salpicados de intentos por derribar el absolutismo donde hubo diversos intentos de golpes militares o pronunciamientos: Espoz y Mina en 1814, Díaz Porlier en 1815, Lacy en 1817… Todos los intentos de golpe fueron duramente reprimidos.
El 1 de enero de 1820, el coronel Riego, jefe de las tropas expedicionarias acantonadas en Las Cabezas de San Juan para ser enviadas a América para luchar contra los independentistas, se pronunció a favor de la Constitución proclamándola contra los planes previstos tanto en cuanto al momento y lugar como al sistema político a elegir y a pesar de la escasez de medios materiales y humanos. Se trataba de un grupo de militares con cierto apoyo civil que, por la fuerza, intentaron imponer un régimen liberal, opuesto al poder establecido, no sólo para reformarlo sino para cambiarlo en todos los órdenes. En este sentido el pronunciamiento de Riego sería uno más en la larga cadena de los que tuvieron lugar en el sexenio 1814-1820 con la diferencia de que estos fracasaron mientras que aquél consiguió, por fin, el objetivo que todos ellos perseguían. Esto es, que la fracción liberal alcanzase el poder para realizar una serie de cambios políticos, sociales y económicos desde una base ideológica opuesta al Antiguo Régimen. El 3 de enero el coronel Antonio Quiroga, designado para encabezar el movimiento, tomaba San Fernando y se disponía a entrar en Cádiz, que era el objetivo más importante. El retraso en hacerlo y la resistencia encontrada en la Cortadura bastaron para estropear los planes e impedir que pudiesen entrar en la ciudad hasta el 15 de marzo en que se proclamó la Constitución.
El resto del tiempo que medió hasta que se conoció el juramento de la Constitución por el Rey, los sublevados no pudieron hacer otra cosa que mantener el ejército de San Fernando entre Cádiz y las tropas enviadas por el Gobierno al mando de Freyre y acudir a otros puntos de Andalucía en petición de auxilio. Este no llegó y la columna mandada por Riego con este fin se encontraba prácticamente disuelta sin haber tenido lugar ningún choque de importancia con el ejército gubernamental. La revolución corría el riesgo de morir de inanición, el fracaso parecía seguro, no por la acción del Gobierno, como en ocasiones anteriores, sino por falta de vitalidad.
En febrero de 1820 era imposible pensar en el triunfo y, sin embargo, lo consiguieron. La razón principal del éxito fue haber carecido de la energía suficiente para sofocar la rebelión nada más producirse y haber permitido que una fuerza insignificante se pasease por Andalucía sin hacerle frente.
Ninguno de los altos mandos se atrevió a encabezar la insurrección y declararse abiertamente a favor de ella, pero tampoco la atacaron e, incluso, la veían con buenos ojos. Otro de los errores del Gobierno que favoreció el éxito fue el silencio guardado acerca de lo que sucedía en Andalucía y, posteriormente, en otros puntos de la Península. A falta de noticias el rumor se extendía exagerando los acontecimientos, causando inquietud y despertando la desconfianza en el Gobierno.
El segundo factor decisivo en el éxito del levantamiento de Riego fue la ola de pronunciamientos que a partir de febrero se produjo en varios puntos del país. La primera caja de resonancia fue Galicia. El 21 de febrero se proclamó la Constitución en La Coruña, siguiéndole El Ferrol y Vigo. A Galicia siguieron Zaragoza el 5 de marzo, Barcelona el 10 y Pamplona el 11. Si añadimos a esto la proclamación de la Constitución por el Conde de Labisbal el 4 de marzo, al mando del Ejército que debía formarse en La Mancha para combatir a los insurgentes, y la defección de parte de la Guardia Real, se puede decir que el golpe se había consumado. En todos los lugares donde se proclamó la Constitución antes de que el Rey la jurase o se conociese que lo había hecho, se formaron Juntas de gobierno provinciales que asumieron el poder a la espera de que se instituyeran nuevas autoridades emanadas de un poder constitucional. El 9 de marzo de 1820 Fernando VII se vio obligado a aceptar oficialmente el triunfo de la revolución al tener que jurar la Constitución y a nombrar una Junta.
Nos encontramos ahora en lo que se conoce como “El Trienio Liberal”: Por primera vez, se aplicaba la Constitución de 1812 en una situación de paz y con el monarca en el país. Fernando VII, convencido absolutista, trató de obstruir desde un principio la labor de los gobiernos liberales y el normal funcionamiento constitucional. Esta actitud del rey va a provocar una fractura política que se extenderá durante décadas: la escisión de los liberales. Entre los liberales de esta época se encontraban dos posturas: moderados y radicales.Se formaron Cortes en 1821 con mayoría moderada pero en 1822 se produjo una insurrección contrarevolucionaria. Fue sofocado, pero se formó entonces un gobierno radical que pasó a vigilar estrechamente al rey, que se había convertido en un obstáculo constante para los liberales.
Finalmente, 3 años y medio después del juramente real, el 7 de noviembre de 1823, el general Riego era ahorcado a las 12 en la Plaza de la Cebada de Madrid por orden real de Fernando VII. Intentó el indulto escribiendo una carta a la prensa retractándose de sus ideas constitucionalistas y donde pidió perdón a Dios y al rey por su comportamiento, pero dicha humillación fue en vano. Fue arrastrado en un serón por un burro por las calles de Madrid mientras el pueblo le insultaba y gritaba “¡Vivan las cadenas!”. Tras ser colgado, su cuerpo fue descuartizado por traidor al rey. El rey ya satisfecho por el ajusticiamiento de Riego, se dice que exclamó de júbilo : ” ¡Liberales: gritad ahora viva Riego !”. La ejecución de Riego en la Plaza de la Cebada se convirtió en un símbolo del absolutismo. En consecuencia, hizo de Riego un mártir y un mito en España y en toda Europa y posteriormente, tras la muerte de Fernando VII y gracias a la reina regente (María Cristina) se convirtió en un símbolo de la libertad contra la tiranía.
Tras la derrota de Napoleón en 1815, las grandes potencias absolutistas (Prusia, Austria, Rusia y la Francia de Luis XVIII), reunidas en el Congreso de Viena y coaligadas la Santa Alianza, se habían comprometido a intervenir ante cualquier amenaza liberal que surgiera en Europa contra los principios de la Restauración. Así, reunidas en 1822 un Congreso en Verona, las potencias acordaron la intervención en España. El 7 de abril de 1823 un ejército francés, conocido como los “Cien Mil Hijos de San Luis”, entró y, sin encontrar resistencia popular, conquistó fácilmente el país. El 1 de octubre puso fin al último foco de resistencia del gobierno liberal en Cádiz y repuso como monarca absolutista a Fernando VII.
Posteriormente a esto, entraríamos en la Década Ominosa (1823-1833), donde comienza una fuerte represión contra el liberalismo, y en la crisis sucesoria, que daría lugar a la primera guerra carlista.
Bibliografía:
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